Rumanía

¿Todos tus alumnos van a ser rumanos?

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Admiróse un portugués

al ver que en su tierna infancia

todos los niños de Francia

supieran hablar francés.

 

Hace cosa de un año decidí hacer la solicitud para trabajar como profesora de lengua y literatura española en institutos extranjeros con sección bilingüe de español. Tuve suerte y acabé en Rumanía. Ahora vivo en Timisoara. A nadie le sorprendía que hubiera decidido marcharme a trabajar al extranjero, pero ¿a Rumanía?

 

El imaginario colectivo sobre el país incluye una buena ración de estampas que, en el mejor de los casos, podríamos calificar de pintorescas, y en el peor, de puros prejuicios. En el verano del 2013, entre los calores madrileños y los vapores de la crisis, otra pregunta solía asaltar a mis interlocutores: ¿tan mal estamos en España que ya hay que irse a Rumanía? Hasta entonces, el nombre del país estaba ligado a la migración, pero siempre en sentido contrario.

 

Más allá de Drácula y Transilvania, los rumanos son conocidos en España como inmigrantes. Lo de conocidos es tan solo un decir. Los rumanos salen en la prensa. Y en los telediarios apareces si ganas el Nobel o si haces muchas otras cosas bastante menos honrosas. Con todas estas noticias se ha ido construyendo la imagen colectiva de la nacionalidad rumana que se maneja en una buena parte de Europa.

 

Poco antes de venir, recuerdo haber hablado con una joven profesora española. Daba clases en Madrid, en institutos públicos de secundaria. Le conté cuál iba a ser mi nuevo destino y no puedo evitar el gesto consternado cuando me preguntó: Pero entonces ¿todos tus alumnos van a ser rumanos?

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